Soy venezolana, psicóloga y vivo en Chile hace cerca de una década. Hace poco volví de visita después de cinco años, y me sorprendió cuánto se reordena por dentro hasta una visita corta. Por eso quiero hablar de algo que veo cada vez más en consulta y en las redes: las ganas de volver.
Cuando un venezolano migra, todos entendemos que va a extrañar. Se espera la nostalgia, el choque con otra cultura, el tiempo que toma sentirse en casa en un lugar nuevo. Lo que casi nadie espera es que algo parecido ocurra al volver.
Y sin embargo, ocurre. Hoy, cuando para muchos se asoma una esperanza nueva y empiezan a pensar en regresar, vale la pena decirlo: quien vuelve después de años afuera puede sentirse en casa y, al mismo tiempo, no terminar de estar. Si te pasa, no significa que te equivocaste. Significa que el retorno también es una migración.
¿Por qué volver no es simplemente regresar?
Porque mientras estuviste afuera cambiaron tres cosas a la vez.
- El país. Las calles, los precios y las costumbres siguieron su curso. La Venezuela que guardas en la memoria se quedó quieta en el día en que te fuiste; la real no.
- Las personas. Tu familia y tus amistades aprendieron a vivir sin ti y armaron rutinas en las que tú no estabas.
- Tú. Vivir en otro lugar te dio otros hábitos y otra forma de mirar. Una parte de ti pertenece ahora también al país donde rehiciste tu vida.
Como se explica en este mismo portal en Migrar no es sólo cambiar de país, la identidad no desaparece al migrar: se amplía. Por eso, al volver, no se retoma la historia donde quedó. Se empieza un capítulo nuevo.
El doble duelo del retorno
Quien regresa suele atravesar dos pérdidas a la vez. La primera es el duelo por el lugar que deja: la ciudad, las personas que lo acompañaron, la versión de sí mismo que construyó ahí. Aunque haya soñado con volver por años, despedirse de eso duele.
La segunda es el duelo por el país que recordaba. Al llegar descubre que ese lugar de la memoria no existe tal como lo guardaba. No es peor ni mejor: es distinto al que la nostalgia había conservado.
Cuando estas pérdidas se juntan, es común sentir culpa («debería estar feliz, por fin volví»), confusión o una tristeza sin nombre. Ponerle nombre ya ayuda: es un duelo, y los duelos se atraviesan.
El choque cultural inverso
Así se llama el desajuste que aparece al volver a la propia cultura después de vivir en otra. Suele seguir un recorrido parecido al de la primera migración: entusiasmo inicial, desencanto y, con el tiempo, una nueva adaptación. Lo difícil es que nadie lo anticipa. Al irte sabías que tendrías que adaptarte; al volver das por hecho que todo será familiar. Cuando no lo es, la sorpresa se vive como un fracaso, cuando en realidad es parte del proceso.
Antes de decidir: preguntas para escucharte
Si estás en la duda, no te voy a decir si volver o quedarte. Nadie puede decidirlo por ti. Lo que sí puedo hacer es compartirte algunas preguntas que suelo explorar con quienes están en este punto. Tómatelas con calma, escríbelas o conversalas con alguien de confianza.
- ¿Qué es lo más importante para ti hoy? No hace cinco años ni dentro de diez: hoy. Puede ser estar cerca de tu familia, tu estabilidad, tu paz o un proyecto propio. Cuando tienes clara esa respuesta, las demás se ordenan.
- ¿Vas al encuentro de algo o te estás alejando de algo? Volver por un reencuentro o un proyecto es distinto a volver para escapar del cansancio o la soledad de estos años. Lo que no resolvemos suele acompañarnos en la maleta.
- Si nadie más estuviera volviendo, ¿lo harías igual? Cuando una decisión se vuelve tendencia, es fácil confundir el deseo propio con el entusiasmo de alrededor.
- ¿Conoces la Venezuela de hoy? No la de tus recuerdos ni la de los videos, sino la del día a día: el trabajo, la salud, los trámites, los ritmos.
- Si tienes hijos, ¿qué significa para ellos? Para quienes crecieron afuera, volver puede ser en realidad migrar por primera vez, con su propio duelo.
- ¿Puedes probar antes de mudarte? Una estadía larga, de vida cotidiana y no de vacaciones, dice mucho. Y tener un plan B no es prepararse para fracasar: es darte libertad para ajustar el rumbo.
Estas preguntas son un punto de partida. En mi blog escribí más sobre lo que se vive al regresar: Extranjero en mi propia casa: el desafío de la migración de retorno.
Lo que puede ayudarte si ya volviste
- Darte tiempo. Lo que sientes al mes tres no es lo que sentirás al año.
- Volver al país de hoy, no al de tus recuerdos. Infórmate de cómo es la vida cotidiana actual, más allá de lo que muestran las redes.
- No borrar el lugar que dejas. No tienes que elegir una sola pertenencia.
- Despedirte bien. Para muchos venezolanos, la primera partida fue apurada y forzada. Esta vez puede haber un cierre.
- Pedir acompañamiento si lo necesitas. Si la tristeza, la culpa o la sensación de no pertenecer se mantienen o te dificultan el día a día, conversarlo con un profesional puede ayudarte a ordenarlo.
Un nuevo comienzo, no un rebobinado
Volver puede ser profundamente reparador: reencontrarse con los afectos, las raíces y una parte de uno que estaba en pausa. Pero se vive mejor sabiendo que el retorno no deshace la migración. La continúa. Y como toda migración, pide paciencia, cuidado y tiempo.
La primera vez, muchos nos fuimos como pudimos. Esta vez, quizás, podamos volver como elijamos.
Si quieres seguir leyendo sobre migración, duelo y salud mental, encuentras más artículos en mi blog, Espacio EDAI.
Ma. Cristina Urra Bianchi es psicóloga clínica y psicoterapeuta venezolana, radicada en Santiago de Chile. Acompaña procesos de duelo, migración, ansiedad, trauma y otras experiencias difíciles de vivir, online y presencial, en Espacio EDAI.
